Se acercó lentamente, con la cadencia perfecta que hace los instantes eternos, me miró como siempre pero esta vez sus ojos brillaron más, algo así como ver pasar en el cielo una estrella fugaz, de esas que supuestamente te conceden un deseo. Se inclinó y me dijo al oído, mejor dicho me susurró despacio y muy suavecito: ¡ay amor! Mi piel se estremeció y una sensación inexplicable recorrió mi cuerpo hasta detenerse, allí, donde debía hacerlo. No dije una sola palabra, pues nada inteligente llegó a mi mente. Ella dio media vuelta y se fue. En ese momento pensé y susurré, solo para mí, ¡hay amor!
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario. Sígueme en Twitter @DiegoMorita